Orgullo Sinaloense


Literatura

Agustín Galván Díaz

1 de Noviembre de 2018

Sinaloa

Escritor

Escuela Borbona


Hace años padecí aracnofobia. Ahora, como soy padre de familia, me es imposible mantenerla. 

Confieso que uno de mis primeros recuerdos tiene que ver con una tarántula que atrapé en un campo de entrenamiento militar en el que solía jugar. La vi caminando tan lerdamente, que me pareció un bicho curioso. La tomé con mis manos y salí corriendo con ella para mostrársela a mi madre y preguntarle qué era ese bicho. Creo que si algo mantiene vivo ese recuerdo, es el grito proferido por mi madre. 

Siendo adolescente, solía pintarme y vestirme como King Diamond. Esto ocurrió hasta que comprendí el ridículo que hacía usando esa capita de drácula de circo y una mísera cruceta de huesitos de can. 

También que mi imitación vocal parecían los berridos de un gato castrado y afónico. 

Luego intenté cantar canciones de Alice Cooper, pero la cosa no mejoró, así que decidí dedicarme mejor a tocar el bajo en todos los grupos en los que comencé a participar, aún cuando mi formación musical fue en piano. 

Confieso que ya no me dan tanto miedo los payasos, los ositos de la Coca-Cola y los fanáticos del extrañamente llamado canto nuevo. La razón quizá se deba a que por fin caí en cuenta que los payasos son esas criaturas tristes cuyo oficio de arrancarte risas simplemente los vuelve patéticos, que como la Coca-Cola está en crisis, sus ositos apenas y pueden verse en unos pocos espectaculares y en esos spots de siempre, y que los fanáticos del canto nuevo han decidido convertirse en clones de Nicho Hinojosa, como lemmings en sus más bajas horas. 

Debo decir que me importa un bledo que exista la música norteña (a la que apodo, siguiendo las enseñanzas de Edson Piña: güaruma), los hoyos negros, el fútbol, el béisbol, la izquierda mexicana (¡Jo, qué buen chiste, siempre me hace reír!), la derecha y el centro. 

Sigo creyendo en la paciencia como única virtud a salvar en este mundo de mierda, más no en eso que la sociedad se empeña en llamar: sentido común. 

No sé si soy abstemio o solo me divierte que los demás se pongan ebrios y me entretengan. Odio la ley antitabaco, no creo en los delitos electorales, nunca he podido leer completo un número de Letras Libres, prefiero tortura a leer a Günter Grass. Me da ternura todo aquel melindroso que lea a Saramago y piense que ya está listo para un debate sobre cualquier tema. También los que leen a Vila-Matas y terminan con cara de puchero. 

Y bastaría ya decir que soy Agustín Galván, y que hace años me dijeron Duende Callejero y así se me quedó, aunque ahora parece ya algo ridículo.