El científico que se convirtió en general de la lucha contra el cáncer a través de la inmunoterapia

  La Gaceta.me
06 Julio 2018
Fuente: Pablo de Sandoval
17:00:00

En este laboratorio de la Universidad de Texas, centro puntero de la batalla científica contra el cáncer, James Allison ha dado forma a una nueva esperanza: la inmunoterapia. Hoy se sabe que funciona en el 20% de los casos. Y nos recibe para contar cómo logra dirigir las defensas del cuerpo contra la enfermedad.

LA PALABRA “curación” no se entiende en el universo del cáncer como en cualquier otra enfermedad. En determinados casos, el cáncer se puede llegar a controlar. A contener. A frenar su avance. Es muy raro que un especialista se atreva a usar la palabra curar. Sin embargo, a las puertas del Centro MD Anderson de la Universidad de Texas, el lema que recibe al visitante es: “Hacer que el cáncer sea historia”.


Dentro, el inmunólogo James P. Allison, de 69 años, añade los matices necesarios. “Es una afirmación atrevida. Esa es la esperanza. Quizá no todo el cáncer, pero sí creo que estamos en vías de curar algunos tipos”. Allison hace esta afirmación con la autoridad de quien ha desarrollado con éxito la inmunoterapia, una nueva vía para pacientes de algunos cánceres que hace solo una década no contaban con ninguna opción. Hasta entonces, había tres formas de combatir: mediante la cirugía, la radioterapia y la quimioterapia. La aportación de Allison, por la que ha sido galardonado este año con el Premio Fronteras del Conocimiento BBVA en la categoría de biomedicina, fue descubrir la forma de dirigir las células del sistema inmunológico contra el cáncer. Es decir, hacer que el propio cuerpo lo reconozca, lo ataque y, en algunos casos, lo haga desaparecer como haría con muchas otras enfermedades.

Su laboratorio se ubica al suroeste de Houston, en uno de los edificios del Centro Anderson, un gigantesco complejo donde trabajan alrededor de 20.000 personas. Mientras pasea entre tubos de ensayo durante una mañana reciente, tararea una canción de Muddy Waters que suele tocar con The Checkpoints, una banda de médicos que se ha hecho un nombre en el ambiente universitario de Texas. En realidad, sin la bata blanca no es tan difícil imaginárselo tocando la armónica en un garito de Austin. Se define a sí mismo con insistencia como un “científico básico”. Como alguien que en general no ve a pacientes, sino que estudia “mecanismos sin preocuparse por lo que pase”.

Allison no buscaba el descubrimiento que le cambió la vida. Su interés era el sistema inmunológico desde que un profesor de la Universidad de Texas sembrara en él la fascinación por este campo en los setenta. “No tenía la intención de descubrir nada sobre el cáncer, yo quería saber cómo funcionan las células T. Son como soldados: por sí mismas matan cosas. Pero tienen que matar las cosas correctas, ¿no? Van por todo el cuerpo y te protegen, buscan infecciones e intentan eliminarlas sin dañarte. Es un sistema increíble. Tenemos como 50 millones de células T diferentes. Cada tipo cuenta con un interruptor de activación distinto. Y van cambiando”.

En los años noventa, ya como catedrático de Inmunología en Berkeley, Allison y su equipo investigaban la manera de manipular esas células y así convertirse en una especie de mariscal de la guerra para estos soldados contra las infecciones. Buscaba ser capaz de darles órdenes a esas células T, saber cómo ven una enfermedad y cómo deciden atacarla o no. Primero descubrieron que tienen dos interruptores que deben activarse para que empiecen a funcionar contra el mal. “Mi laboratorio descubrió que había una molécula llamada CD28 que era el receptor de esas señales y que era necesaria para que la célula T se activara del todo”. Pero, por alguna razón, no atacaba el cáncer. Faltaba algo. Descubrieron que había dos interruptores para activar la célula, y uno para frenarla. Aquella molécula estaba bloqueando la acción de defensa contra el tumor. “Lo que hicimos fue aislar y desactivar esa molécula”.

La hipótesis se confirmó cuando vieron que los ratones morían porque sus linfocitos T no paraban y acababan atacando a todo el cuerpo. “El objetivo del laboratorio no era el cáncer, pero trabajábamos con tumores”, explica Allison. “Quitamos los frenos en esas células de forma que pudieran responder. Y vimos que los tumores se deshacían. Las células se volvían permanentemente inmunes a nuevos desafíos. Podías tener el tumor otra vez y no tenías que tratarlo de nuevo, simplemente se rechazaba”. Lo que sucedía es que no solo las defensas del cuerpo atacaban el tumor, sino que lo recordaban, en un mecanismo similar a una vacuna.

El hallazgo se convirtió en un proyecto de medicamento. Un tratamiento para eliminar tumores. En 2001, consiguieron que el regulador de alimentos y medicamentos de Estados Unidos (FDA) autorizase las pruebas en fase 1. En ese estadio ni siquiera se buscan resultados, simplemente se trata de demostrar que la fórmula es segura. “Una mujer recibió una dosis. Le habían dicho que estaba desahuciada, que no podían hacer nada por ella. Le pusieron una sola inyección y unos seis meses después todos sus tumores habían desaparecido. Eso fue en 2001. Yo la vi en 2011, cuando pasó su primer chequeo de los 10 años. Ahora lleva 17 años libre de cáncer sin más tratamiento, y ya hay miles de enfermos que han superado los 10 años. En 2015 se siguió a 5.000 personas que habían sido tratadas durante dos lustros y el 22% de los pacientes estaban vivos después de una década de la primera ronda de tratamiento, compuesto por cuatro dosis. El cáncer se paró. No necesitaron más tratamiento”. La mayor eficacia se muestra sobre todo en cánceres causados por elementos externos, como el melanoma (quemaduras del sol), pulmón, laringe o vejiga.

Una mujer con melanoma en fase IV —en la que el tumor se ha extendido más allá de los ganglios linfáticos— acude a unas pruebas experimentales, le ponen una inyección, el tumor desaparece y sobrevive limpia de cáncer hasta hoy, 17 años después. Hasta entonces el melanoma con metástasis era mortal, sin tratamiento posible. La esperanza de vida era de 11 meses desde el diagnóstico, recuerda Allison. ¿Ha logrado un medicamento que cure el cáncer, por arriesgado que sea usar esa palabra en esta enfermedad? “A veces me meto en líos por utilizarla. La gente asegura que no puedes decir que están curados a no ser que no haya ni una sola célula cancerosa en su cuerpo. Pero eso no se puede saber”.

Entonces es cuando Allison se da la vuelta en la silla de su despacho y señala una fotografía. Es una mujer con dos niños. Se llama Sharon Belvin, y como a la anteriormente mencionada, le diagnosticaron melanoma en fase IV. Era 2004 y tenía 22 años. Se sometió a las pruebas del medicamento experimental de Allison y el melanoma desapareció. Fue la primera paciente a la que conoció en persona, en 2006, y siguen en contacto. “Cada año, cuando iba a la revisión, tenía miedo de que el cáncer volviera, porque sus médicos sostenían que lo habían convertido en una enfermedad crónica. Al final me dijo: ‘No voy a seguir sospechando todo el tiempo. Estoy curada, voy a vivir mi vida’. Le aconsejaron que no tuviera hijos. Hoy es madre de dos niños, esos de la foto. Ahora tiene 30 años. Ella es el testimonio: dijo que estaba curada, que no iba a dejar que el miedo le condicionara la vida”. Para este científico, dentro de la prudencia, si una persona puede vivir y disfrutar de la vida como si estuviera curada, y nada indica lo contrario, está curada.

Comentarios