El odio de Trump

Benjamín Bojórquez Olea

12 Agosto 2019

SOBRE EL CAMINO

Vaya reversión del magnate adoptado Neoyorquino Donald Trump. Lamentablemente tuvieron que registrarse tragedias para que este señor reflexionara sobre su torpe actitud de andar calentando ánimos xenófobos y en contra de la población latina, preponderantemente mexicana. Y no vaya usted a creer que ese sentimiento racial va contra los morenos. Para la América blanca un latino blanco es un ser manchado y lo descubren por los apellidos porque ahí ni para donde hacerse. Y ya podrá tener ese mexicano los ojos de color y aun así no será bien visto por la supremacía blanca de sentimientos y tradiciones muy conocidas de que llegaron a fundar la colonia en suelo americano. Leemos en la Real Academia de la Lengua que odio significa “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. Del latín “Odium odii” y del griego “miseo”, la palabra odio no tenía la connotación destructiva que la “civilización” moderna le otorgamos a la palabra. Hemos convertido al odio como la obsesión por destruir a otro u otros. La masacre de El Paso, Texas, dirigida especialmente contra mexicanos, es probablemente el ejemplo más claro de hasta dónde puede llegar el simple hecho de odiar lo diferente, pero estudiar detenidamente las aparentes razones que el asesino escribió a detalle para justificar su cruzada contra los mexicanos, nos lleva a pensar que el odio es una construcción social que hoy tiene, en los líderes políticos, a sus principales azuzadores. En los últimos 10 mil años, la humanidad ha tenido muy pocos espacios de paz. Durante este lapso de tiempo, algunos historiadores aseguran que la paz pudo haberse vivido alrededor de 350 años y no consecutivos, sino por periodos breves. Eso significa que nos gusta estar en guerras, sean regionales, mundiales, civiles, inter étnicas, tribales. Siempre han sido un buen negocio para unos, contemporáneamente la industria de la guerra goza de cabal salud. Pero la guerra y la obsesión por destruir a otros nacen con las palabras. La palabra se ha convertido en el siglo XXI en un instrumento muy eficaz para odiar pues las redes sociales se han convertido en el reino de los adjetivos “descalificativos”, el lugar en el que se pueden encontrar los más bajos instintos de la humanidad que lo acercan cada vez más a la “animalidad”. Hoy hemos convertido nuestros diálogos, conversaciones y discusiones públicas en palabrerías y parafernalia que anima el odio, un odio que se desdobla en muchos odios, que se expande, que se aprende. Cada vez más personas aprenden a odiar. La coyuntura política en las primeras dos décadas del siglo XXI está protagonizada por el odio. Los fundamentalismos de todos los signos, religiosos, políticos, culturales, económicos lo avivan, le dan contenidos, lo exacerban y lo profundizan. Luego entonces, siendo el odio uno de los muchos sentimientos que tenemos los seres humanos como arsenal de mociones internas múltiples, el proceso social al convertir al odio en una construcción social, están dadas las condiciones para envenenar la vida pública. La inquina, si bien, tiene hoy a Trump como uno de sus agitadores más profesionales, en realidad bebe de racismos, nacionalismos y patriarcados muy acendrados en los sistemas de creencias de las personas y las comunidades de nuestra aldea global. Trump ha bebido de ese odio social y al llegar a la presidencia lo ha devuelto en discurso político, en programa de campaña y en empoderamiento de unos sectores sociales contra otros. Pero hoy parece no haber país que se salve de la polarización política, de la división que se hace desde el poder de ellos/nosotros, desde esa noción de la política tan perversa pero tan efectiva de amigos/enemigos.

GOTA Y CHISPA:

Todos tenemos a nuestro alcance la posibilidad de formar parte de la repulsión generalizada o de ponerle un alto en nuestra comunicación, en nuestras redes sociales, en nuestras conversaciones. Es muy fácil mirar a los de arriba o a los de al lado para culparlos por las masacres de odio. Pero todos somos corresponsables de la salud de la vida pública. Es preciso alentar por doquier el cuarto saber que la UNESCO animó en su proyecto de educación para la humanidad: saber convivir con otros. “Nos vemos Mañana”…

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