

En marzo, Honda confirmó lo que era un secreto a voces: ya no hará el Civic híbrido en Guanajuato. Se lo lleva a Indiana para no pagar el 25% de arancel que impuso Washington a los autos hechos en México. Era su modelo más vendido. 210 mil unidades al año que ya no se harán aquí.
BYD, la gigante china que prometía la planta más grande de autos eléctricos en México, congeló el proyecto. No se quiere arriesgar a que EE.UU. le ponga la etiqueta de “made in Mexico pero es chino” y le cierre el mercado.
Tesla, la joya de Nuevo León, está paralizada. La gigafábrica de Santa Catarina no tiene ni cimientos. Musk ya dijo que hasta que no pasen las elecciones y la guerra de aranceles, no hay inversión.
Y Nissan, que tiene 60 años aquí, advirtió: si regresan los aranceles permanentes, nos vamos. Sería el cierre de Aguascalientes, Morelos y 15 mil empleos directos.
¿Y qué pasó del otro lado?
Hyundai anunció en Washington una inversión de 21,000 millones de dólares en Estados Unidos. Una sola empresa, en un solo día, metió más que todo lo que México presumió en el año.
Ese es el nuevo nearshoring: ya no es “near” México, es “near” Trump.
El gobierno puede vender el discurso de la soberanía y de que no nos doblamos. Pero en el parque industrial la soberanía no paga la nómina.
Mientras acá nos quedamos con el discurso, allá se quedan con las fábricas, los sueldos de 4,000 dólares al mes y los impuestos. A los mexicanos nos toca tragar soberanía.
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